viernes, 20 de septiembre de 2013

¿Qué debemos hacer con la Biblia?


Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:97-104
 
¡Qué dulces son a mi paladar tus palabras!; son más dulces que la miel. Salmo 119:103 (NTV)
 
Guardo, de mi experiencia personal, una ilustración de lo que es la Biblia, lo que hace, y lo debemos hacer con ella. Estoy seguro de que mucho de ustedes tendrán su propia experiencia de lo que la Biblia ha hecho por ustedes, para ustedes y con ustedes.
Permítanme hacer, pues, referencia al comienzo de mi relación con la Biblia, la Palabra de Dios. Al cumplir los dieciséis años, en 1961 tenía muchas cosas favorables para mi futuro, yo había empezado a trabajar desde mis trece años, así que tenía tres de experiencia en donde había estudiado la fotografía y al mismo tiempo la practicaba en sus dos áreas principales, el laboratorio y la galería en donde se fotografiaba a los clientes; tuve la oportunidad de ser fotógrafo de artistas porque Radio Caracas Televisión y algunas emisoras radiales quedaban muy cerca de mi trabajo. Unido a todo esto, iniciaba mis estudios de bachillerato nocturno, y poseía una gran sed por aprender y leer buenos libros, ¡mi anhelo era llegar a ser fotógrafo de Hollywood! Así pues, en ese año de 1961 hubo cambio de trabajadores, y, desde luego, me sentí triste porque algunos de mis maestros iniciales en el arte fotográfico habían salido, sin embargo, llegó un hombre entre los nuevos empleados que Dios usaría grandemente en mi vida: Orestes Martín Ramos, él era oriundo de la provincia de Santa Clara de Cuba y un excelente fotógrafo y músico. No era un hombre religioso se calificaba así mismo como “libre pensador en búsqueda de la verdad”, pero era un estudioso de la Biblia, y en sus horas libres del mediodía, él y yo empezamos a leer la Biblia y a comentarla-¡cuánto alabo a Dios por eso!-, pero yo no tenía Biblia.
Así que voy a contarles cómo un ejemplar de la Biblia llegó a mis manos. Era un jueves santo, 11 de abril del año 1963, toda mi familia se había ido a pasar aquellos días de asueto a las playas cercanas a Caracas, pero yo había decidido quedarme solo porque, entre otros motivos, mi hermano mayor, José, había muerto hacía unos meses, y pienso ahora, quise guardarle luto. Aquella mañana puse la radio, y había música clásica en todas las emisoras, y como siempre he amado los libros, Dios me llevó a poner los ojos en una Biblia, versión Reina Valera 1909 que estaba entre otros libros en una pequeña biblioteca en el comedor de la casa, así que la tomé en mis manos, me senté, y fui al Evangelio de Juan y lo leí todo. No era la primera vez que yo oía de la Biblia, ni tampoco sobre la “vida, pasión y muerte de JESÚS”, porque ya lo había hecho en compañía de Orestes, pero sí era la primera vez que me detenía a intentar interpretarla con la pequeña luz de un entendimiento meramente humano. De repente, en la tarde de ese día, en la platabanda de la casa, frente al majestuoso Ávila,  volví a leer Juan, me detuve en el capítulo 17, versículo 20 que dice: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Reina Valera Antigua), y en aquella hora recibí la iluminación de la sabiduría verdadera, me conmoví hasta las lágrimas al pensar en el hecho de que JESÚS había vivido, sufrido y muerto por mí; leí el versículo incluyéndome en él, así: “Mas no ruego solamente por estos, sino por Francisco Aular, quien ha de creer en mí por la palabra de ellos”… ¡Sí, era cierto! Juan, el apóstol amado había escrito aquel testimonio que yo estaba leyendo, ¡JESÚS había orado por mí!, conmovido me arrodillé en la platabanda de mi casa, oré al SEÑOR, Autor de la Palabra de Dios, quien había bajado del cielo para buscarme y salvarme. Me di cuenta de que yo no era un accidente en este mundo, Dios, en su plan eterno, me llamaba a integrarme a su familia (Efesios 1:5) por medio del arrepentimiento de mis pecados y la fe en JESÚS, el Mediador entre Dios y nosotros, aquella experiencia sencilla de fe me condujo a buscar una iglesia que creyera en la Biblia, como yo había creído, y la encontré: La Misión Bautista Emanuel de Chacaíto, hoy en día, la preciosa Iglesia Bautista Emanuel de la Castellana. ¡Gloria a Dios!
Todavía recuerdo cuando llegó mi familia de la playa, le pregunté al esposo de mi prima, Miguel Romero, quién le había regalado aquella Biblia, y en tono de burla me dijo: “Un loco evangélico que trabajó conmigo”, y al momento de escribir esto, se me nublan los ojos por las lágrimas y grito con todas las fuerzas de mi ser: ¡Bendito loco evangélico!, si supiera que aquella Biblia no era para mi primo, ¡sino para mí!, ah, si supiera también lo que Dios ha hecho, hace y hará con aquella vieja Biblia que todavía obra en mí. ¡Aleluya para siempre, gracias SEÑOR! Puedo decir con el salmista: “¡Qué dulces son a mi paladar tus palabras!;  son más dulces que la miel” (Salmo 119:103; NTV).
¿Qué debemos hacer con la Biblia? Amarla, valorarla, oírla, leerla, estudiarla, memorizarla, meditarla, aplicarla, obedecerla y compartirla con otros. Nunca sabrás en esta tierra lo que una sola Biblia puede hacer por el poder del Espíritu Santo, porque la Biblia es siempre: ¡El mejor Libro, en el mejor lugar y con el mejor propósito!
Oración:
Padre eterno: ¡Tu Palabra esta viva como cuando salió de tu mente para que nosotros, te pudiéramos conocer! No me alcanza esta vida humana para agradecerte, lo que tu Palabra ha hecho en mí. Ayúdame a ser un distribuidor de este sagrado Libro para que llege a ser bendición para otros, aun los que no han nacido. En el nombre de JESÚS. Amén.
Perla de hoy:
La Biblia es siempre: ¡El mejor Libro, en el mejor lugar y con el mejor propósito!
Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento a obedecer?
¿Existe un pecado a evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?

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