lunes, 24 de octubre de 2011

Dios trabajando a nuestro alrededor

Francisco Aular
faular@hotmail.com
Yo soy el Dios de tu padre. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios. Éxodo 3:6 (NVI)
Cuando nací y abrí los ojos, Dios estaba allí. Soy parte de su plan eterno en el cual Él ha trabajado, aun, antes de la fundación del mundo. Hubo un tiempo en que a Dios yo lo buscaba entre los ritos y prácticas de mi religión. Hasta que un día, descubrí por la conversación de JESÚS con Nicodemo, que no se trata de cuánto esfuerzo haga yo para encontrarlo, porque Dios tomó la iniciativa para buscarme, y fijó las condiciones para llegar a ser su hijo: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3 RV60). Es absolutamente indispensable que nazca de nuevo. El hombre nuevo que Dios quiere forjar dentro de mí por su Espíritu, no es obra de mis esfuerzos humanos, sino un regalo de Dios. ¿Cómo es posible que JESÚS enseñara tal doctrina en sus días? Porque la revelación que Dios ha hecho al hombre ha sido progresiva hasta consumarse en JESÚS.
En efecto, Dios ha estado trabajando en el plan de salvación del ser humano en todo tiempo. Uno puede comprender esto mejor por la vida de nuestros héroes bíblicos. Uno de mis favoritos es Moisés. ¡Qué vida tan extraña la suya! Por designios de Dios sus primeros años transcurren en el dorado esplendor del palacio egipcio. ¡Es un príncipe que se desplaza desde niño por las calles de Egipto, y todos sus ciudadanos se inclinan ante él en señal de reverencia! En esos años, Dios ha estado trabajando a su alrededor. Pero un día, las enseñanzas acerca del Dios verdadero, impartidas especialmente por su madre hebrea, hacen una eclosión en él, y cobra abruptamente conciencia de quién es y quién es su pueblo. En defensa de sus hermanos étnicos comete un crimen y huye de Egipto, yendo al país de Madián; le tocará ejercitarse en la dura vida del desierto; pasan 40 años. Moisés vivía cuidando el rebaño de su suegro Jetro. Un buen día sale de casa con los rebaños, anda un largo trayecto hasta que llega a Horeb, el “monte de Dios”. Dios seguía trabajando en Moisés sin forzarlo. ¡Qué cosa! Moisés pastorea los rebaños de su suegro, mientras Dios lo pastorea a él.
Un buen día, Dios hizo una de sus acciones extraordinarias. Moisés observó en la falda del monte, un extraño fenómeno: desde el interior de la zarza se levantaba una llamarada crepitante y viva, pero la zarza no se consumía. Movido por la sorpresa se dijo: Voy a ver qué raro fenómeno es éste. Y con cautela y curiosidad se aproximó al arbusto. De pronto, escuchó una voz que surgía desde el seno de la zarza: ¡Moisés, Moisés!...No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estas, tierra santa es… (Éxodo 3:4,5)
Consecuentemente, en esta experiencia, Moisés nace de nuevo. Aquí se inicia la marcha del hombre hacia las regiones interiores del espíritu, y desde allí, emerge nuevamente. El momento para el cual Dios trajo a Moisés al mundo, había llegado. Todo esto son actos de fe de Moisés suscitados por un proceso de trabajo de Dios en él que le llevó años. Moisés ahora tiene ochenta años. Al fin, Dios y Moisés pueden trabajar juntos por cuarenta años más. Por eso el libro de Hebreos dice: Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. (Hebreos 11:24-26)
Un pensamiento más, Dios se presenta como el “YO SOY”, el Dios personal de los nacidos de nuevo. A Moisés, el tiempo de los hombres lo separaba dos mil años de Abraham, y unos cuatrocientos de Jacob. Humanamente hablando, hacía muchos años que los restos de aquellos hombres de Dios habían vuelto a la tierra, pero nuestro “YO SOY”, “…no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mateo 22:32), porque el Dios que trabajó a lado de los grandes de la antigüedad, es el mismo Dios que está trabajando a nuestro alrededor, por lo tanto, ningún esfuerzo que yo pueda hacer hoy para el adelanto del reino de Dios será en vano.
Oración:
Amantísimo Padre Celestial:
Hoy salgo en tu nombre para ver en dónde estás trabajando para unirme a Ti, porque en la travesía de la historia de mi vida he visto tu mano y misericordia. Hoy haré la acción que Tú quieres que haga; hoy diré la palabra que Tú pongan en mis labios. En el nombre de JESÚS, amén.
Perla de hoy:
Veamos en donde Dios está trabajando y unámonos a Él
Interacción:
¿Qué te dice Dios hoy por medio de su Palabra?
Y en respuesta a ello…
¿Qué le dices tú a Él?



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