lunes, 28 de mayo de 2018

Cuando los viejos se van

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Lectura devocional: Josué 24:14-31
 Después de  eso, Josué, hijo de Nun y siervo del Señor, murió a los ciento diez años de edad. Josué 24:29 (NTV)

La muerte espiritual tuvo su entrada desde el mismo momento en que Adán y Eva la experimentaron al ser expulsados del paraíso celestial, y al declararse ellos enemigos de Dios. Luego de esto vino la muerte física, la cual ha sido un verdadero y doloroso misterio para el ser humano. Los filósofos griegos que ahondaron en muchas cosas de la vida, escribieron: “Cada uno de nosotros deja la vida cuando llega su último instante con el sentimiento de que apenas acaba de nacer”; algunos han dicho que “se empieza a morir cuando se nace”. Muerte significa, ante todo, separación, por ello está rodeada de sufrimiento, dolor y llanto. Cuando nacemos de nuevo “pasamos de muerte a vida” (Efesios 2:1,2).

La muerte, como separación espiritual entre Dios y el ser humano ha sido eliminada al llegar a nosotros la vida Zoé, es decir, ¡JESUCRISTO!: Y este es el testimonio que Dios ha dado: él nos dio vida eterna, y esa vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:11,12. NTV). En el terreno espiritual de nuestra relación con Dios, ¡viviremos para siempre!, pero, todavía, como seres humanos, moriremos a esta vida humana que poseemos. Es innegable que la separación, como en toda despedida, habrá tristeza y lágrimas. ¡Pero tenemos todavía la esperanza viva de la resurrección, esta verdad nos sostiene! Especialmente, cuando los viejos se van: Y ahora, amados hermanos, queremos que sepan lo que sucederá con los creyentes que han muerto, para que no se entristezcan como los que no tienen esperanza. Pues, ya que creemos que Jesús murió y resucitó, también creemos que cuando Jesús vuelva, Dios traerá junto con él a los creyentes que hayan muerto” (1 Tesalonicenses 4:13,14. NTV).


Todo esto estaba en mi mente cuando nuestro amado viejo, don Enrique Dámaso Fernández (1919-2002), mi amado suegro y padre partió con el Señor, hace dieciséis años. A continuación lo que escribí en su memoria, el 18 de agosto de 2002: "Hace exactamente un mes, que nuestro amado padre Enrique Dámaso partió para estar con el Señor. No ha sido fácil desprenderse de nuestro viejo. Es algo que nos pega muy adentro saber que no nos estará esperando en el aeropuerto cuando retornemos a Venezuela. Ni  presidiendo la mesa en nuestras comidas. No escucharemos el serrucho cortando las tablas para los textos bíblicos que él y la abuela han     elaborado por más de treinta años y que son adornos en las paredes de hogares de muchos países. No escucharemos su bendición de los alimentos en su manera tan peculiar en que siempre lo hizo. No lo veremos señalando, en su galería de fotos  familiares, a sus cuatro hijos, sus dieciocho nietos y nueve bisnietos. No lo veremos trabajando en el jardín del templo, porque siempre pensó que el lugar en donde se adora a Dios debe ser el más hermoso de la comunidad. Nos quedan sus consejos, su vida ejemplar y esa disciplina que siempre lo mantuvo al frente de sus responsabilidades en su hogar, su trabajo y la iglesia.

Todo en la casa está lleno de él; con sus manos hizo cada pieza de ella y con su esposa Lola levantó el hogar por más de sesenta años. ¿Cómo olvidarlo? En hombros de sus amigos y familiares lo llevamos al panteón. Hubo mensaje de un hasta luego que me tocó pronunciar y que terminé recitándole el poema: “Cuando el viejo se nos va”. Mary lo despidió con las palabras que sólo una hija como ella puede pronunciar, llena de esa paz que el Señor nos da en momentos como esos y su hijo el pastor Enrique Dámaso, cerró la ceremonia con la oración de despedida. Sus restos descansan en una colina y bajo las sombras de un árbol. Desde allí uno puede ver parte de la ciudad de Caracas, la capital venezolana que le dio la bienvenida hace 40 años cuando llegó en el barco que lo trajo del puerto del Vigo, España. Venía lleno de entusiasmo, con mucha fe y con la disponibilidad  de surgir desde cero, como todo inmigrante. 

El hospital Ortopédico Infantil le abrió las puertas y nunca se las cerró, ni siquiera, después de su jubilación en 1985. Es imposible saber el número de los niños de ayer, hombres y mujeres de hoy que pasaron por sus manos para hacerlos andar e integrarse dignamente al campo laboral de la nación. No sabemos los tiempos de Dios, pero descansamos en la seguridad de que nos volveremos a encontrar, y cuando lleguemos nosotros al Puerto, don Enrique nos diga con su inconfundible voz con acento gallego: “¡Bienvenidos! Hace mucho tiempo que os esperaba”.

Cuando los viejos se van
Francisco Aular
Toronto, 18 de julio de 2012
Permíteme proclamar tu poder a esta nueva generación, tus milagros poderosos a todos los que vienen después de mí. (Salmo 71:18b. NTV)
              I
Cuando los viejos se van
se produce tal vacío
que no lo pueden llenar
ni el llanto ni los suspiros.
Cuando los viejos se van
es como cerrar un libro
que nos enseñó a ser sabios
y quedamos de él, cautivos.
Cuando los viejos se van
se va aquel soplo divino
que produjo la partícula
que selló nuestro destino.
Cuando los viejos se van
para siempre cierra el ciclo:
Enamoramiento y boda,
la llegada de los hijos…
El arribo de los nietos,
y aquel amor infinito.
Cuando los viejos se van
se queda cuanto le dimos:
Honra, amor y respeto
como sus nietos e hijos.
Cuando los viejos se van
siempre decimos lo mismo:
“Se marcharon lentamente
que casi no lo supimos,
solo cabe recordarlos,
como si estuvieran vivos.”
                 II
Cuando los viejos se van
se va un pedazo de patria,
una parte de nosotros,
se va una porción del alma,
la parte de nuestra historia
celosamente guardada.
Cuando los viejos se van
nos dejan siempre grabadas
esa imagen de sus sueños,
las alas de la esperanza.
Y la herencia incorruptible
que los abuelos hablaban:
La fe firme en Jesucristo,
la confianza en la Palabra.
Que la asistencia a la Iglesia
nunca fuera descuidada…
Cuando los viejos se van
seguiremos sus pisadas
en esta vida cristiana:
Obedecer al Señor, con amor,
sin reservas y sin  retiradas.
Cuando los viejos se van
se produce tal vacío
que no lo puede llenar
ni el llanto ni los suspiros. 

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