lunes, 27 de febrero de 2017

Transformados por las lágrimas

Francisco Aular
Lectura devocional: Mateo 5:1-12     
“Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4 RV60)

Dios es soberano, entre otras cosas eso significa que Dios no tiene que dar explicaciones a nadie de porqué hace o permite las cosas que nos ocurren. Una cosa sí sé: Dios tiene un propósito detrás de cada lágrima que derramamos y cada sufrimiento por el cual pasamos.
El Apóstol, dijo: Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. 2 Corintios 4:17 (NVI).
JESÚS, muy cerca de su crucifixión, la muerte cruel que recibió, les dijo a sus discípulos y por su extensión también a nosotros: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33 RV60). Más tarde sus discípulos entendieron el valor terapéutico del sufrimiento y el propósito de la soberanía de Dios, al permitir que sus hijos pasen por él: “En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer.” (Hebreos 5:7-8 NVI). ¿Cómo es posible esto? -exclamé el día en que leí estos versículos- con un mayor entendimiento, en la economía divina he entendido que JESÚS, ciertamente en su humanidad, tenía que aprender a obedecer para que después el Padre, lo exaltará como Señor: “Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo  y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo  y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,  para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra  y debajo de la tierra,  y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2: 5-11 NVI).
He tenido la bendición de tener a mi lado en el transcurso de mi ministerio de consolación a verdaderos hombres y mujeres de Dios, los diáconos. Uno de ellos, el hermano cubano don Evelio Alarcón, cada vez que íbamos a visitar a alguien en situaciones difíciles del sufrimiento humano, me pedía: “Pastor cantemos el himno”, y él y yo, cantábamos su himno favorito: “Maestro se encrespan las aguas”. Pocos meses antes de morir el hermano Evelio Alarcón, Mary y yo, viajamos desde Virginia para visitarlo en Toronto. Allí estaba mi valiente diácono, luchando contra los dolores de aquel terrible cáncer, todavía para nuestra despedida, tuvo el valor de ponerse en pie, y me dijo: “Pastor, cantemos el himno”. Cantamos y oramos. Él no, pero Mary yo sí, no pudimos evitar cantarlo mezclado con nuestras lágrimas. Al despedirnos, ambos sabíamos que era la última vez que nos veríamos en este mundo. Luego, el hermano Alarcón se sentó en su mecedora con sus piernas cruzadas, y esa es la última imagen que guardo en mi mente de un gran hombre de Dios, mientras su esposa, la hermana Nena, cerraba la puerta…
Ciertamente, hubo gozo en nuestro último abrazo porque las lágrimas transforman y se convierten en gozo. Ahora, cantemos el himno:
I
Maestro se encrespan las aguas
y ruge la tempestad, los
grandes abismos del cielo se
llenan de oscuridad, no ves
que aquí perecemos, puedes
dormir así, cuando el mar
agitado nos abre profundo
sepulcro aquí.
Coro:
Los vientos las ondas oirán tu
voz: Sea la paz, sea la paz.
Calmas las iras del negro mar,
las luchas del alma las haces cesar;
y así la barquilla do va al Señor,
hundirse no puede en el mar traidor.
Doquier se cumple tu voluntad.
Sea la paz, sale la paz.
Su voz resuena en la inmensidad:
Sea la paz.
II
Maestro mi ser angustiado te
busca con ansiedad, de mi
alma en los antros profundos se
libra cruel tempestad.
Pasa las pruebas con olas
sobre mi frágil ser, y perezco,
perezco Maestro, ¡OH quiéreme
socorrer!
III
Maestro pasó la tormenta, los vientos
no rugen ya, y sobre el cristal de
las aguas el sol resplandecerá.
Cristo prolonga esta calma, no me abandones
más, cruzaré los abismos contigo
gozando bendita paz.[1]
Oración:
Amantísimo Padre Celestial:
Te alabo por tus bendiciones y por las diversas pruebas a las que estoy sometido. Me consuelo sabiendo que habrá un propósito en cada una de ellas, dame tus fuerzas para vencer en el Nombre de JESÚS, amén.
Perla de hoy:
“El fuego del sufrimiento hace relucir el oro de la consagración.” Madame Guyon.
Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe alguna promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe alguna lección por aprender?
¿Existe alguna bendición para disfrutar?
¿Existe algún mandamiento a obedecer?
¿Existe algún pecado a evitar?
¿Existe algún pensamiento para llevarlo conmigo?


[1] El Nuevo Himnario Popular, 1955 CBP. #380

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