jueves, 21 de marzo de 2013

Camino a la cruz


Francisco Aular
    
Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Hebreos 12:2 (NVI)
La visión de JESÚS en su última semana y la de su crucifixión es un pensamiento de solemne grandeza en los corazones de todos los cristianos. Nada es comparable a la cruz de JESÚS en la cual, “la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10; RV60). Allí se encontraron el bien y el mal. La cruz es un punto de decisión para nosotros que contemplamos estos hechos a más de dos mil años. ¿Se ha enfriado mi corazón por el tanto ir y venir de las olas de los tiempos, o todavía mi corazón palpita porque allí JESÚS perfeccionó nuestra fe? ¿Nos hace falta caminar hacia la cruz como lo hizo el Señor y anticipar el gozo que nos espera porque Dios está satisfecho con ese sacrificio por mis pecados? ¿Es el gozo de sentirnos libres del pecado que nos lleva a no tener vergüenza al evangelizar y discipular a las naciones? ¿Estoy yo con el mundo que rechazó a Cristo o con el Cristo a quien el mundo rechazó? El gran apóstol Pablo lo expresó así: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14; RV60).
Como hemos dicho, la cruz es a la vez la demostración de la justicia de Dios que castiga el pecado, pues, el Señor “no tendrá por inocente al culpable” (Nahúm 1:3), y de su amor que perdona al pecador: “mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Esto se hace efectivo cuando aceptamos el Regalo de la Vida Eterna que es JESÚS mismo; la cruz señala la anulación del juicio que debía alcanzarle, y el principio de una nueva vida “zoé”, que viene del cielo, y que el pecador arrepentido y dolido por sus pecados recibe para siempre, en el momento de aceptar a JESÚS como Señor y Salvador. Si miramos con fe a Aquél que murió en la cruz por nuestros pecados, comprenderemos por qué JESÚS “soportó la cruz”. No sé qué harás tú, pero en cuanto a mí, hace cincuenta años me sostiene el hecho haber grabado en mi mente y corazón la visión de JESÚS crucificado. Este ha sido el corazón del mensaje que he predicado desde entonces, “pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Corintios 1:23). Cuánta razón tenía el autor español desconocido del siglo XVI al escribir su famoso Soneto al Cristo crucificado:
 
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
 
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
 
No tienes que me dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Oración:
Padre eterno:
¡Gracias por enviarnos a tu Hijo a morir por nosotros los pecadores! ¡Cristo murió por mí! Ese es y será mi mensaje hasta el día en que me vaya a morar contigo. Ayúdame a amarte y a proclama este camino hacia la cruz. En el nombre de JESÚS, amén.
Perla de hoy:
La muerte de JESÚS en la cruz mostró el Amor de Dios que se entregó a sí mismo para llevarnos a Él. ¡Oh qué amor, qué inmenso amor!
Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento a obedecer?
¿Existe un pecado a evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?
 

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