viernes, 2 de diciembre de 2011

El desafío de la justicia divina

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:137-144

Tu justicia es eterna y tus enseñanza son totalmente ciertas. Salmo 119:142 (NTV)

“¡No es justo!”, dijo el agraviado delante de la prensa, cuando una corte decidió que el acusado por un crimen –del que toda la opinión pública había sido testigo- se saliera con la suya. Debo admitir que vivimos en un mundo injusto, y en estos días, en que todo se sabe por los medios informativos independientes, de los cuales todavía disponemos en este mundo global, nos damos cuenta, una vez más, de que la justicia humana es tan ciega, que en muchas oportunidades es incapaz de verse así misma. Estos son los días de los tres “ayes”, de los cuales el profeta Isaías nos alertó: “¡Ay de los que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno! ¡Ay de los que convierten la luz en tinieblas, y las tinieblas en luz!  ¡Ay de que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!” (Isaías 5:20 Reina Valera Contemporánea).
Ahora bien, en nuestro concepto de justicia, “ellos” son los malos y “nosotros” los buenos, así que, según ese concepto, los malos merecen que el peso de la justicia caiga sobre ellos sin piedad, y que ante ello, nosotros los buenos salgamos triunfadores. Pero la Biblia nos dice lo que debemos ser ante del desafío de la justicia divina: “Tú debes ser perfecto, así como tu Padre en el cielo es perfecto” (Mateo 5:48 NTV); siendo honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta que el desafío nos queda muy grande, por ello, la Palabra de Dios, nos dice una y otra vez: “No hay justo, ni aun uno (…) por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:10,23 RV60). Así que, cuando pensamos que nosotros somos buenos para merecer la salvación que Dios en su gracia nos extiende, no es porque no seamos pecadores, sino porque a la hora de juzgarnos a nosotros mismos, tenemos mala memoria y nos declaramos inocentes.   
Cuando usted y yo pensamos en el desafío de la justicia divina, nos damos cuenta de que necesitamos a Alguien que tenga misericordia de nosotros para llevarnos al cielo. ¡La Buena Noticia es que por eso vino JESÚS! Él nos compró, al precio de su preciosa sangre, un lugar en el cielo: “Pues la paga que deja el pecado es la muerte, pero el regalo que Dios da es la vida eterna por medio de Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 6:23 NTV). Así, el desafío de la justicia divina quedó satisfecho en la Cruz del Calvario, al morir JESÚS en nuestro lugar; también en el Calvario se demostró el amor y misericordia de Dios  por el pecador arrepentido: “El amor inagotable y la verdad se encontraron;  ¡la justicia y la paz se besaron!” (Salmo 85:10 NTV).
El salmista, en esta oportunidad, contrasta la justicia divina con la actitud de los pecadores, quienes quebrantan lo dicho por Dios en su Palabra. Sin embargo, la Palabra de Dios nos da las razones del desafío de la justicia divina, y nos dice que Dios nos hará un justo juicio porque Él es perfecto y santo, es decir, apartado absolutamente de todo lo malo y corrompido, en contraste con este mundo en el cual vivimos: “Oh SEÑOR, tú eres recto, y tus ordenanzas son justas. Tus leyes son perfectas y absolutamente confiables” (vv.137,138); el salmista se indigna al ver el menosprecio que los pecadores hacen de la Palabra de Dios: “La indignación me agobia, porque mis enemigos despreciaron tus palabras” (v.139); en aquellos días existían otros pueblos con sus religiones y sus dioses, pero la Palabra de Dios, al salir vencedora fue la luz que iluminó a esos pueblos.
En pleno siglo XXI podemos afirmar, con toda responsabilidad, la verdad de que  ningún otro libro religioso -por decirlo de alguna manera- como la Biblia, ha sido sometido a estudios para comprobar su veracidad, y lo mejor, en todos esos juicios ha salido triunfante, ¡bendito sea el SEÑOR!: “Tus promesas fueron sometidas a una prueba rigurosa; por eso las amo tanto” (v.140); cuando nos comparamos con otros seres humanos, cabe la posibilidad de que uno, indulgentemente, se otorgue un buen puntaje, pero ante el desafío de la justicia divina nuestra pequeñez es evidente, y es mejor que lo reconozcamos: “Soy insignificante y despreciado, pero no olvido tus mandamientos. Tu justicia es eterna, y tus enseñanzas son totalmente ciertas” (vv.141, 142).
Igualmente, cuando ante desafío de la justicia divina, hemos nacido de nuevo, y tenemos paz con Dios, somos verdaderamente felices, y teniendo a JESÚS como nuestro Señor y Salvador lo tenemos todo, porque al estar satisfechos con el amor y la misericordia de Dios, entonces, en un mundo injusto como éste, en donde estamos “somos más que vencedores” (Romanos 8:37); porque la Palabra de Dios está viva y activa en nosotros podemos afirmar como el salmista: “Cuando la presión y el estrés se me vienen encima, yo encuentro alegría en tus mandatos. Tus leyes siempre tienen razón; ayúdame a entenderlas para poder vivir” (vv.143, 144)

Oración:
SEÑOR, tus juicos son justos, puros y verdaderos. Ayúdame a edificar sobre ellos, el resto de mi vida en esta tierra y tendré paz contigo, conmigo y con mi prójimo. En el nombre de JESÚS. Amén

Perla de hoy:
A la hora de mis probables cualidades, prefiero el justo juicio de tu Palabra, y no el mío.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




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