jueves, 5 de febrero de 2015

El dolor del “¡hasta luego!”

Francisco Aular
Lectura devocional: Hechos 20:18-38  
Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban…le acompañaron al barco. Hechos 20:37,38 (RV60)

En la Biblia encontramos escenas conmovedoras en las que vemos cómo las lágrimas brotan espontáneas, de aquellos seres humanos que son personajes principales en la historia de nuestra fe. La idea de que los cristianos no sufren, no lloran o no expresan sus sentimientos unos a otros es estoicismo, o ascetismo religioso pero no, nunca, cristianismo.
Hace algunos años nos correspondió a Mary y a mí despedir a nuestros dos hijos mayores. Nunca nos habíamos separado de ellos, pero salieron a estudiar fuera de nuestro país, Venezuela. Llegamos al aeropuerto, nos despedimos, nos acompañaban algunos hermanos de la iglesia, entre ellos, el profesor Daniel Ilarraza, uno de nuestros grandes músicos venezolanos y mentor de ambos en la adoración al Señor a través de la música. Cuando el avión despegaba, nuestras lágrimas y las oraciones por ellos fluían, entonces, Daniel Ilarraza, también conmovido, nos dijo: “Esos muchachos triunfarán en la vida porque aman al Señor”. Así ha sido. Ellos son hombres de bien y eso es lo más grande que unos padres pueden esperar de sus hijos.
Hace tres años, Mary y yo, despedimos a César y Mary Ruth y a nuestros nietos: Rebecca, David y Samuel Andrés. Ellos habían pasado un año en nuestra casa,-en todo el proceso para ser aceptados como misioneros por nuestra Junta de Misiones Internacionales- así sin la presencia de nuestros hijos y nietos, nuestro hogar se quedó silencioso. En efecto, nuestros hijos, salieron de misioneros a España por lo que esta separación, aunque parezca increíble, nos llenó también de gozo.
Sin embargo, humanamente hablando, el dolor del “¡hasta luego!” de la despedida tocó nuestros corazones, pero en casa habíamos orado y citado las palabras de Dios a Moisés: “Mi presencia irá contigo, y te daré descanso” (Éxodo 33:14), y también las palabras paulinas dirigidas a sus discípulos en Hechos 20.
Ciertamente, toda despedida nos produce dolor porque tiene que ver con separación, con dividir una amistad, y de salir de la presencia física de los que nos rodean siempre. Cuando nos familiarizamos con una persona, desearíamos mantener una relación sin interrupciones, pero eso no será posible en esta vida, así que tenemos que dejar que se vaya la persona amada; esa persona amada tiene que seguir su camino, no tenemos derecho de detener su marcha. Esto debe valer también en las relaciones más estrechas como seres humanos,  por ejemplo, de padres e hijos. No tenemos ningún derecho, los padres –a no ser que seamos consultados por ellos-, de interferir en la vida de nuestros hijos ya adultos. Es cierto que la Biblia habla a los hijos que “obedezcan a sus padres”, eso es cuando son pequeños, adolescentes y en su primera juventud, y tenemos la oportunidad de disfrutarlos y sembrarles valores. Una vez crecidos, hay que soltarlos, dejarlos ir; ese es el tiempo del dolor del “¡hasta luego!” Evitaríamos muchos males a ellos y a nosotros, si prudentemente dejamos que ellos crezcan y nosotros podamos ir desapareciendo de la escena principal.
Pensando en esto, el salmista escribió: “Los hijos son un regalo del Señor; son una recompensa de su parte. Los hijos que le nacen a un hombre joven son como flechas en manos de un guerrero.” (Salmo 127:3,4, NTV). ¡Disparemos a nuestro hijos cual flechas vivas hacia lo grande, lo puro y lo noble! Creo que el poeta libanés, Jalil Gibrán en su poema “Vuestros hijos” era de este mismo sentir:
Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas de los anhelos
que la Vida tiene de sí misma.
Vienen a través de nosotros,
mas no de vosotros
y aunque vivan con vosotros
no os pertenecen.
Podéis darle vuestro amor,
mas no vuestros pensamientos,
Porque ellos tienen sus propios
pensamientos.
Podéis dar albergue a sus cuerpos
mas no a sus almas.
Pues sus almas moran en la casa
del mañana, que ni aún en sueños
os es dado visitar.
Podéis esforzaros por ser como ellos,
mas no intentéis hacerlos
Como vosotros.
porque la vida no marcha hacia atrás,
ni se detiene en el ayer.
Vosotros sois el arco por medio
del cual vuestros hijos son disparados
como flechas vivas.
El arquero ve el blanco en el sendero
del infinito, y os dobla con toda su fuerza
a fin de que sus flechas
vayan veloces y lejos.
Que el hecho, pues, de estar
doblados en manos del arquero
sea para vuestra dicha.
Porque así como el ama
la flecha que dispara,
ama también el arco
que permanece firme.
Oración:
Padre eterno:
Guardo en los graneros de mi mente lo granos del amor y de simpatía que me han dado todos los amados que tu pusiste a mi lado a través de la vida; que sea lo suficientemente sabio en lo que me resta de esta vida para trillar los granos y con lágrimas amasar el pan que daré a mis nietos, antes de mi despedida. En el nombre de JESÚS, amén.
Perla de hoy:
Cada despedida es una parte de nosotros mismos que se queda o que se va; una oportunidad para lucir nuestro diamante de lágrimas.
Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?

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