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martes, 6 de diciembre de 2011

La paradoja de la oración

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:153-160


Mira mi sufrimiento y rescátame, porque no me he olvidado de tus enseñanzas. ¡Defiende mi caso, ponte de mi lado! Protege mi vida como lo prometiste. Salmo 119:153,154 (NTV)

La oración es una doctrina paradójica[1]. Es paradójica porque es un diálogo entre el orante, el ser humano pecador que clama, y Dios, un ser tres veces santo y soberano que lo escucha; entre el ser humano finito y dependiente, con una voluntad corrompida e imperfecta y un Dios santo y soberano que está apartado de todo mal y puede hacer lo que Él se propone a hacer. Y porque su voluntad es agradable, santa y perfecta sabemos que siempre obrará a nuestro favor. Dios responderá a nuestra oración aunque sea con un no, porque tiene el cuadro completo de su Plan para nuestras vidas, Él sabe lo que es mejor para nosotros. Ahora bien, Dios, Ser perfecto, tiene muchos atributos que lo elevan por encima de todo lo que Él ha creado, pero al mismo tiempo, Dios no abandona al ser humano, sino que lo busca en forma individual para convertirse en su Dios personal. Frente al desafío de lo infinito de Dios, ¿qué puede hacer un ser humano con la pequeñez de una gota de agua en medio del océano? En realidad no puede hacer nada, a no ser que Dios tome la iniciativa y lo invite. Eso es exactamente lo que ha hecho Dios por nosotros al invitarnos a orar: “Clama a mí, y yo te responderé; te daré a conocer cosas grandes y maravillosas que tú no conoces” (Jeremías 33:3 Reina Valera Contemporánea). En efecto, Dios  se ha puesto a la distancia de una oración, y por paradójico que esto parezca: ¡Funciona!, y con el gran misionero Martin Lloyd-Jones, podemos decir, llenos de admiración: “La oración es, sin lugar a dudas, la actividad más elevada del alma humana. El hombre nunca es más grande que cuando, de rodillas, se halla frente a frente con Dios”.
¿Por qué Dios quiere que oremos? ¿Para qué la insistencia en la oración? En esta joya literaria que es el Salmo 119, un poema dedicado a la Palabra de Dios, la oración ocupa un gran lugar, porque la Biblia y la oración son inseparables. Es más, me atrevería a decir que toda la Biblia es la suma de las historias de hombres y mujeres que oraron. Es la historia de Dios, yendo con ellos en el peregrinaje de sus vidas temporales, no en la distancia del horizonte lejano, sino en ese caminar a nuestro lado, todos los días de nuestra existencia aquí, entre el sudor, el sufrimiento y las lágrimas.
Entonces, la oración surge como una expresión de confianza del orante finito ante el Dios Altísimo y Soberano: “Mira mi sufrimiento y rescátame, porque no me he olvidado de tus enseñanzas. ¡Defiende mi caso, ponte de mi lado protege mi vida como lo prometiste!” (vv.153,154); la oración fortalece nuestro caminar con Dios, en contraste con aquellos seres humanos indiferentes, que conviven con nosotros en este espacio temporal: “Los perversos están lejos de ser rescatados, porque no se interesan en tus decretos. SEÑOR que grande es tu misericordia; que el seguir tus ordenanzas me reanime” (v.155,156); la oración es el primer paso para el inicio, desarrollo y perfección de nuestra amistad con Dios, y esto, en amplio contraste con los se burlan y nos persiguen porque menosprecian a Dios y su Palabra: “Muchos me persiguen y me molestan, sin embargo, no me he desviado de tus leyes. Ver a esos traidores me enferma el corazón, porque no les importa nada tu palabra” (v.158).
Por otro lado, la oración es señal de que nos consideramos dependientes de Dios, ahora bien, entre los seres humanos adultos, no debe existir una dependencia absoluta porque puede lesionar nuestra dignidad e impedir nuestro desarrollo como individuos, e inclusive obstaculizar nuestro andar con Dios: “Esto dice el SEÑOR: Malditos son los que ponen su confianza en simples seres humanos, que se apoyan en la fuerza humana y apartan el corazón del SEÑOR” (Jeremías 17:5 NTV). Sin embargo,  entre los seres humanos existe y debe existir la interdependencia, y ayudarnos unos a otros. Pero delante de Dios es diferente porque tal dependencia nos salva, libera, transforma, y nos hace “más que vencedores”. En nuestra dependencia de Dios y la guía de su Palabra, nuestra vida encuentra propósito y dirección: “Mira cómo amo tus mandamientos, SEÑOR. Por tu amor inagotable, devuélveme la vida. La esencia misma de tu palabra es verdad; tus justas ordenanzas permanecerán para siempre” (vv.159,160). ¿Cuál sería la razón principal para insistir en la oración? Es esta: La oración no se trata del poder mental de nosotros, mucho menos de nuestra palabras, ni de la naturaleza o poderes invisibles que nos rodean, la oración pone en marcha toda la riqueza, grandeza, misericordia y poder inconmensurable del Dios Todopoderoso, a favor de nuestra pequeñez como seres humanos. Esa es la paradoja de la oración.

Oración:
SEÑOR, estoy maravillado de tu amor, tu gracia y misericordia puestos a mi favor; haz que yo pueda vivir momento a momento bajo tu mano protectora, y que pueda ser portador de esta Buena Nueva a otros. Gracias por dejarme la oración para tener comunión contigo para siempre, hoy como sirviendo al Invisible, pero mañana cara a cara contigo. En el nombre de JESÚS. Amén

Perla de hoy:
Dios  se ha puesto a la distancia de una oración, y por paradójico que esto parezca: ¡Funciona!

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?





[1]Una paradoja es una figura retórica o del pensamiento que consiste en unir ideas aparentemente contradictorias o irreconciliables.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Condiciones para la oración eficaz

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:145-152

Oro con todo el corazón; ¡respóndeme, SEÑOR! Obedeceré tus decretos. Salmo 119:145

No existe nada que esté fuera del alcance del Dios al cual adoramos, no hay ningún secreto para la omnisciencia, “todo lo sabe” y la omnipotencia, “todo lo puede” del SEÑOR. Así que cuando oramos, aceptamos la invitación de Dios para que lo finito tenga comunión con lo infinito, lo temporal con lo eterno, lo fuerte con nuestra debilidad, la grandeza con nuestra pequeñez. Por eso decía uno de los grandes de la vida devocional E. M. Blounds: “La oración es el contacto del alma viviente con Dios. En la oración, Dios se inclina para tocar suavemente al hombre, para bendecirlo y para incluir todo lo que Él pueda planear o el hombre pueda necesitar”. Otro grande de la predicación  Spurgeon, agrega: “La oración es el delgado nervio que mueve los músculos de la omnipotencia”.
Ciertamente, uno de los temas doctrinales  más relevantes en toda la Biblia es la oración. Los hombres y mujeres que Dios usa en su Palabra son hombres y mujeres de oración. ¡Es asombroso, no hacían nada sin oración! Por tanto, orar no es solamente un deber piadoso de los místicos que se alejan del “ruido mundanal”, sino que la oración es el vehículo que conduce las plegarias delante de Dios en medio de las demandas y pruebas de la vida, y, una bomba espiritual muy poderosa contra los enemigos del SEÑOR y de nosotros. Pablo dijo: “Pues no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra gobernadores malignos y autoridades del mundo invisible, contra fuerzas poderosas de este mundo tenebroso y contra espíritus malignos de los lugares celestiales. Dios nos ha prometido bendiciones ilimitadas desde el cielo” (Efesios 6:12 NTV); por eso mismo el gran Apóstol recomienda que nosotros le demos prioridad a la oración: “En primer lugar, te ruego que ores por todos los seres humanos. Pídele a Dios que los ayude; intercede en su favor, y da gracias por ellos” (1 Timoteo 2:1 NTV) ¿Por qué debe ser prioritaria la oración en la obra del Señor? Porque solamente en la medida en que oramos, nuestras actividades diarias tienen valor para la eternidad, y lanzamos bien lejos de nosotros el orgullo espiritual de ser los protagonistas, y no el SEÑOR obrando en nosotros, por nosotros, y algunas veces, a pesar de nosotros. Por medio de la oración, humildemente, damos ocasión, en todo tiempo, a que el Padre nos utilice en su Obra como Él quiera dentro de su Plan Eterno. ¡Gracias SEÑOR  por dejarnos la certeza de tu comunión con nosotros a través de la oración!
Así llegamos a esta sección del Salmo 119, en donde el clamor de la oración del salmista abarca toda la estrofa, y nos indica a través de ello, las condiciones de la oración eficaz. Como hemos visto, el salmista exalta la gran ayuda de la Palabra de Dios en todo el comportamiento del ser humano en su breve paso por esta vida; la Biblia y la oración van juntas como textos fundamentales de la escuela de la obediencia a Dios; en efecto, en cualquier circunstancia la oración debe prevalecer, pero, sobre todo, cuando  estamos afligidos, sí, así es cuando mejor debemos buscar a Dios: “Oro con todo el corazón; ¡respóndeme, SEÑOR!  Obedeceré tus decretos” (v.145); la oración es eficaz cuando oramos por nuestra salvación, y con ello, el anhelo de obedecer a Dios y a su Palabra:”A ti clamo; rescátame para que pueda obedecer tus leyes” (v.146); la oración es eficaz cuando está saturada de las promesas del SEÑOR en su Palabra: “Me levanto temprano, antes de que salga el sol; clamo en busca de ayuda y pongo mi esperanza en tus palabras. Me quedo despierto durante toda la noche, pensando en tu promesa” (vv.147,148); la oración es eficaz cuando tenemos la seguridad del amor de Dios, y con entusiasmo practicamos su Palabra: “Oh SEÑOR, en tu fiel amor oye mi clamor, que el seguir tus ordenanzas me reanime” (v.149); la oración eficaz nos prepara para estar firmes a la hora de la persecución por causa de la Palabra de Dios: “Los que no respetan la ley vienen a atacarme; viven alejados de tus enseñanzas” (v.150); otra condición de la oración eficaz es tener la certeza de que Dios es quien Él dice, según su Palabra, y, que Dios puede hacer lo que Él dice que puede hacer, según su Palabra: “Pero tú estás cerca, oh SEÑOR, y todos tus mandatos son ciertos. Desde los primeros días sé que tus leyes durarán para siempre” (vv.151, 152).
En estos días de tantas aflicciones para nosotros los seres humanos, necesitamos como nunca buscar la comunión con Dios, porque solamente buscar a Dios a través de la oración nos conduce a la victoria. Estos son tiempos de clamar por nosotros mismos y pedir que otros oren por nosotros como lo hizo Pablo: “Dedíquense a la oración con una mente alerta y un corazón agradecido. Oren también por nosotros, para que Dios nos dé muchas oportunidades para hablar de su misterioso plan acerca de Cristo. Por eso estoy aquí en cadenas. Oren para que pueda proclamar ese mensaje con la claridad que debo hacerlo” (Colosenses 4:2-4 NTV). En medio de estos días difíciles en los cuales andamos, ¡solamente en la Palabra de Dios y en nuestras oraciones hay esperanza!

Oración:
SEÑOR, en esta hora clamo a ti en busca de tu ayuda, y pongo mi esperanza en tu Palabra. En el nombre de JESÚS, amén.

Perla de hoy:
En medio de estos días difíciles en los cuales andamos, solamente en la Palabra de Dios y nuestras oraciones hay esperanza.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?


viernes, 2 de diciembre de 2011

El desafío de la justicia divina

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:137-144

Tu justicia es eterna y tus enseñanza son totalmente ciertas. Salmo 119:142 (NTV)

“¡No es justo!”, dijo el agraviado delante de la prensa, cuando una corte decidió que el acusado por un crimen –del que toda la opinión pública había sido testigo- se saliera con la suya. Debo admitir que vivimos en un mundo injusto, y en estos días, en que todo se sabe por los medios informativos independientes, de los cuales todavía disponemos en este mundo global, nos damos cuenta, una vez más, de que la justicia humana es tan ciega, que en muchas oportunidades es incapaz de verse así misma. Estos son los días de los tres “ayes”, de los cuales el profeta Isaías nos alertó: “¡Ay de los que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno! ¡Ay de los que convierten la luz en tinieblas, y las tinieblas en luz!  ¡Ay de que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!” (Isaías 5:20 Reina Valera Contemporánea).
Ahora bien, en nuestro concepto de justicia, “ellos” son los malos y “nosotros” los buenos, así que, según ese concepto, los malos merecen que el peso de la justicia caiga sobre ellos sin piedad, y que ante ello, nosotros los buenos salgamos triunfadores. Pero la Biblia nos dice lo que debemos ser ante del desafío de la justicia divina: “Tú debes ser perfecto, así como tu Padre en el cielo es perfecto” (Mateo 5:48 NTV); siendo honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta que el desafío nos queda muy grande, por ello, la Palabra de Dios, nos dice una y otra vez: “No hay justo, ni aun uno (…) por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:10,23 RV60). Así que, cuando pensamos que nosotros somos buenos para merecer la salvación que Dios en su gracia nos extiende, no es porque no seamos pecadores, sino porque a la hora de juzgarnos a nosotros mismos, tenemos mala memoria y nos declaramos inocentes.   
Cuando usted y yo pensamos en el desafío de la justicia divina, nos damos cuenta de que necesitamos a Alguien que tenga misericordia de nosotros para llevarnos al cielo. ¡La Buena Noticia es que por eso vino JESÚS! Él nos compró, al precio de su preciosa sangre, un lugar en el cielo: “Pues la paga que deja el pecado es la muerte, pero el regalo que Dios da es la vida eterna por medio de Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 6:23 NTV). Así, el desafío de la justicia divina quedó satisfecho en la Cruz del Calvario, al morir JESÚS en nuestro lugar; también en el Calvario se demostró el amor y misericordia de Dios  por el pecador arrepentido: “El amor inagotable y la verdad se encontraron;  ¡la justicia y la paz se besaron!” (Salmo 85:10 NTV).
El salmista, en esta oportunidad, contrasta la justicia divina con la actitud de los pecadores, quienes quebrantan lo dicho por Dios en su Palabra. Sin embargo, la Palabra de Dios nos da las razones del desafío de la justicia divina, y nos dice que Dios nos hará un justo juicio porque Él es perfecto y santo, es decir, apartado absolutamente de todo lo malo y corrompido, en contraste con este mundo en el cual vivimos: “Oh SEÑOR, tú eres recto, y tus ordenanzas son justas. Tus leyes son perfectas y absolutamente confiables” (vv.137,138); el salmista se indigna al ver el menosprecio que los pecadores hacen de la Palabra de Dios: “La indignación me agobia, porque mis enemigos despreciaron tus palabras” (v.139); en aquellos días existían otros pueblos con sus religiones y sus dioses, pero la Palabra de Dios, al salir vencedora fue la luz que iluminó a esos pueblos.
En pleno siglo XXI podemos afirmar, con toda responsabilidad, la verdad de que  ningún otro libro religioso -por decirlo de alguna manera- como la Biblia, ha sido sometido a estudios para comprobar su veracidad, y lo mejor, en todos esos juicios ha salido triunfante, ¡bendito sea el SEÑOR!: “Tus promesas fueron sometidas a una prueba rigurosa; por eso las amo tanto” (v.140); cuando nos comparamos con otros seres humanos, cabe la posibilidad de que uno, indulgentemente, se otorgue un buen puntaje, pero ante el desafío de la justicia divina nuestra pequeñez es evidente, y es mejor que lo reconozcamos: “Soy insignificante y despreciado, pero no olvido tus mandamientos. Tu justicia es eterna, y tus enseñanzas son totalmente ciertas” (vv.141, 142).
Igualmente, cuando ante desafío de la justicia divina, hemos nacido de nuevo, y tenemos paz con Dios, somos verdaderamente felices, y teniendo a JESÚS como nuestro Señor y Salvador lo tenemos todo, porque al estar satisfechos con el amor y la misericordia de Dios, entonces, en un mundo injusto como éste, en donde estamos “somos más que vencedores” (Romanos 8:37); porque la Palabra de Dios está viva y activa en nosotros podemos afirmar como el salmista: “Cuando la presión y el estrés se me vienen encima, yo encuentro alegría en tus mandatos. Tus leyes siempre tienen razón; ayúdame a entenderlas para poder vivir” (vv.143, 144)

Oración:
SEÑOR, tus juicos son justos, puros y verdaderos. Ayúdame a edificar sobre ellos, el resto de mi vida en esta tierra y tendré paz contigo, conmigo y con mi prójimo. En el nombre de JESÚS. Amén

Perla de hoy:
A la hora de mis probables cualidades, prefiero el justo juicio de tu Palabra, y no el mío.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




jueves, 1 de diciembre de 2011

Maravilla que ilumina

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119: 129-136

Tus leyes son maravillosas. ¡Con razón las obedezco! Salmo 119:129 (NTV)

¿Sabía usted que una de las maravillas de la Palabra de Dios es que habla? Por favor, escúchela, ella dice:

Yo soy la Biblia. Soy la Palabra del Dios vivo. Muestro el camino a los perdidos, ilumino a los que andan en oscuridad y doy nueva vida a los que andan en el sendero de la muerte. Hablo en todas las lenguas debajo del sol, y como sol, caliento los corazones de los seres humanos y entró en todos los rincones del espíritu, alma y cuerpo. Trato a todos por igual, sin detenerme en el color, grupo étnico, posición social o condición económica. Yo puedo dar vista a los ciegos, vida a los que están “muertos en sus delitos y pecados”; rompo las cadenas de los que están prisioneros del diablo, y les doy libertad. Soy amiga, consejera, sabia y guía fiel.
Hago mi labor calladamente, como la fuerza de gravitación, poderosa como la corriente eléctrica y permanente como las leyes que sostienen el universo entero. Soy pan de vida y llevo en mis páginas el mensaje poderoso de la salvación, de los que buscan con hambre y sed de justicia la dirección de Dios. Soy aborrecida y negada por los malos y amada y defendida por los buenos, muchos de ellos han dado sus vidas en sus esfuerzos para llevarme a otros pueblos. Hablo mis verdades con claridad, de tal manera, que aun lo niños pueden entenderme; en  ese mismo tono entro sin temor a los centros del saber humano, y los verdaderos sabios me buscan y me entienden, al igual que el campesino, también los pobres y los ricos.
Yo soy la esperanza que reanima las mentes y los corazones de los seres humanos; profetizo y mis predicciones se cumplen al pie de la letra. Yo anuncio que vendrá un luminoso mañana: “¡Miren, el hogar de Dios ahora está entre su pueblo! Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo. Dios mismo estará con ellos.  Él secará toda lágrima de los ojos, y no habrá más muerte, ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más” (Apocalipsis 21:3,4 NTV). Entonces, reinará la igualdad humana, habrá verdadera justicia, desaparecerán las guerras; la pacificación de las naciones vendrá porque ellas andarán para siempre bajo el rostro de JESÚS, sí, de Él y sólo Él.  
Soy eternamente el testimonio viviente de JESÚS quien es el centro mismo de la revelación divina. Por todo ello soy la Biblia, la Palabra del Dios vivo y alzo mi voz y digo: Dios es quien Él dice ser. Dios puede hacer lo que Él dice que puede hacer. Tú eres quien dice Dios que eres. ¡Todo lo puedes en Cristo porque yo quiero estar viva y activa en ti! Soy la maravilla que ilumina y espero digas como el salmista: “Tus leyes son maravillosas. ¡Con razón las obedezco!” (v.129).
El Salmo 119, la “Perla de los Salmos” fue escrito para exaltar los valores de la Palabra de Dios; es un poema acróstico hebreo de 22 estrofas, una para cada letra del alfabeto hebreo en forma consecutiva, como ya lo hemos señalado antes. Esta porción es la estrofa número diecisiete, y el salmista nos da las razones de por qué la Palabra de Dios es una maravilla que ilumina. En efecto, la Palabra de Dios como los rayos del sol, puede entrar a través de las ventanas del entendimiento del ser humano, y hasta las personas más sencillas pueden entenderla: “La enseñanza de tu palabra da luz, de modo que hasta los simples pueden entender” (v.130); el salmista ama la Palabra de Dios como el ser humano ama y anhela el oxígeno cuando casi no puede respirar: “Abro la boca y jadeo anhelando tus mandatos” (v.131).
La Palabra de Dios es maravilla que ilumina porque toda ella nos muestra que Dios es misericordioso y busca la salvación del pecador: Ven y muéstrame tu misericordia, como lo haces con todos los que aman tu nombre” (v.132); la Biblia es maravilla que ilumina llevando al creyente verdadero a la madurez espiritual que Dios anhela para sus Hijos: “Guía mis pasos conforme a tu palabra, para que no me domine el mal. Rescátame de la opresión de la gente malvada, entonces podré obedecer tus mandamientos” (vv.133,134); la Palabra de Dios es una maravilla que ilumina porque todo su mensaje encierra el amor y la compasión de Dios, de tal manera que nosotros que predicamos el evangelio, tenemos que ser tan compasivos como Dios, como JESÚS: “Cuando vio a las multitudes, les tuvo compasión, porque estaban confundidas y desamparadas, como ovejas sin pastor” (Mateo 9:36 NTV); muchas veces, en la obra de Dios, no son nuestros razonamientos humanos los que hacen la obra, sino nuestra compasión al predicar las verdades de la Palabra de Dios: “Mírame con amor; enséñame tus decretos. Torrentes de lágrimas brotan de mis ojos, porque la gente desobedece tus enseñanzas” (vv.135, 136); por todo esto la Biblia es ¡maravilla que ilumina!

Oración:
SEÑOR, gracias por dejarnos tu Palabra que es viva y eficaz; la Biblia es una maravilla que ilumina, nos guía y sostiene hasta  llegar a nuestro verdadero hogar. Ayúdame a vivir y a proclamar tu Palabra. En el nombre de JESÚS. Amén.

Perla de hoy:
La Biblia es maravilla que ilumina porque toda ella nos muestra que Dios es misericordioso y busca la salvación del pecador.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




miércoles, 30 de noviembre de 2011

Promesa y rescate

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119: 121-128

Mis ojos se esfuerzan por ver tu rescate,  por ver la verdad de tu promesa cumplida. Salmo 119:123 (NTV)

El plan de nuestra salvación fue iniciado antes de la creación del mundo; fue asegurado tras la caída de Adán y Eva en el Paraíso, y cumplido en el Monte Calvario por la muerte de JESÚS.

En ese plan Dios nos ha creado para que seamos semejantes a su Hijo JESUCRISTO: “Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan. Desde el principio, Dios ya sabía a quiénes iba a elegir, y ya había decidido que fueran semejantes a su Hijo, para que éste sea el Hijo mayor” (Romanos 8:28-31 NTV).
Entendamos bien esto, aunque hemos sido creados para ser como JESÚS, tenemos un gran impedimento porque todo ser humano que viene a este mundo, nace perdido en su relación con Dios, ya que nace con una naturaleza pecaminosa que es enemiga de Dios; ahora bien, esa condición de perdido la recibió de Adán porque él pecó la primera vez, y ahora, todos nosotros, también desarrollamos, individualmente, la misma tendencia pecaminosa de Adán: “El primer pecado en el mundo fue la desobediencia de Adán. Así, en castigo por el pecado, apareció la muerte en el mundo. Y como todos hemos pecado, todos tenemos que morir” (Romanos 5:12); sin embargo, ante el pecado de Adán y Eva, Dios hizo la promesa de rescatar al ser humano caído (Génesis 3:15), y volverlo a traer al Plan de Salvación diseñado para él, ese fue el rescate que JESÚS compró con su sangre en el Monte Calvario: “Por el pecado de Adán todos fuimos castigados con la muerte; pero, gracias a Cristo, ahora podemos volver a vivir” (Romano 5:21-22 NTV). La Buena Noticia es que debido al sacrificio de JESÚS, el cielo se nos ofrece como un regalo: “Quien sólo vive para pecar, recibirá como castigo la muerte. Pero Dios nos regala la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor” (Romanos 6:23 NTV). ¿Cómo se recibe este regalo de Dios? Se recibe poniendo toda nuestra confianza en JESÚS como nuestro Señor y Salvador, mediante el arrepentimiento y confesión de nuestros pecados; esta experiencia es de tal trascendencia espiritual, que JESÚS la llamó el nuevo nacimiento: “De cierto de cierto te digo, que él que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Igualmente, las bendiciones e implicaciones de este rescate son de enormes proporciones para todo ser nacido de nuevo: “El cuerpo de ustedes es como un templo, y en ese templo vive el Espíritu Santo que Dios les ha dado. Ustedes no son sus propios dueños. Cuando Dios los salvó, en realidad los compró, y el precio que pagó por ustedes fue muy alto. Por eso deben dedicar su cuerpo a honrar y agradar a Dios” (1 Corintios 6:19,20 NTV).
Claro está que el salmista en su poema a la Palabra de Dios, no había presenciado todavía el cumplimiento de aquella promesa del rescate del pecador; pero con los ojos de la fe confía en la Palabra de Dios: “Mis ojos se esfuerzan por ver tu rescate,  por ver la verdad de tu promesa cumplida” (v.123); con la promesa de rescate sabía que vendría la salvación de todos los enemigos de su alma, y la seguridad que el mismo Dios lo preservaría hasta el final: “No me dejes a merced de mis enemigos, porque he hecho lo que es correcto y justo. Te ruego que me des seguridad de una bendición. ¡No permitas que los arrogantes me opriman!” (vv.121,122); sabía que la base de aquella promesa y el rescate eran fruto de la misericordia y amor de Dios: “Soy tu siervo; trátame con tu amor inagotable” (v.124); el salmista confía en la intervención de la soberanía divina en un mundo injusto y pecador: “Da discernimiento a este siervo tuyo; entonces comprenderé tus leyes. Señor es tiempo de que actúes, porque esta gente malvada ha desobedecido” (vv.125,126); el salmista valora la Palabra de Dios porque sabe que allí está el manual y el plan para servir a Dios, y comprender su Promesa y Rescate: “De verdad, amo tus mandatos más que el oro, incluso que el oro más fino. Cada uno de tus mandamientos es recto, por eso detesto todo camino falso” (vv.127, 128). Sí, la Biblia nos presenta, y hace posible: La promesa y el rescate.

Oración:
Gracias SEÑOR porque has cumplido tus profecías respecto a tu gran salvación, y al rescate del pecador. Ayúdame a llevar la Buena Nueva de tu salvación. En el nombre de JESÚS. Amén.

Perla de hoy:
Somos nosotros los que debemos aceptar las verdades eternas de la Biblia, y no intentar hacer que la Biblia acepte nuestras teorías.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




martes, 29 de noviembre de 2011

Lealtad y firmeza

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119: 113-120

Detesto a los que tienen divida su lealtades, pero amo tus enseñanzas. (Salmo 119:113 NTV)

Servimos a Dios y a su Palabra al mostrar firmeza y lealtad a Él y a los demás.

El hermano Miguel A. Limardo en su libro Ventanas abiertas, de la Casa Nazarena de Publicaciones, escribe una meditación que tituló “Mi iglesia ante todo”, su texto es Josué 24:15. La copio para ustedes:

“Sí, mi iglesia ante todo. Hay muchas iglesias. Todas son hermanas de mi iglesia y sus miembros son también mis hermanos. Siento que debo amarlos a todos, como si fuésemos una sola familia pues así lo pide el Señor de cada uno de nosotros.
Cuando oro, pido por todas las iglesias, que Dios las bendiga y las prospere y que puedan resolver los problemas a las que muchas de ellas se enfrentan. Pido que mantengan el alto el testimonio de la fe cristiana y que proclamen el mensaje del evangelio a todos los hombres.
Cuando voy a dar mi dinero, de mi talento, de mi tiempo y de todos mis haberes, debo hacerlo generosamente, sin reparar a qué iglesia lo doy, pues haciéndolo así estoy contribuyendo a la obra de Dios en el mundo.
Cuando voy a adorar a Dios tampoco tengo reparo de ninguna especie. Puedo hacerlo en cualquier templo o junto a cualquiera de mis hermanos –Si tu corazón es limpio, dame la mano-, eso me basta.
Todo esto es así pero quiero reiterar que mi iglesia es ante todo. Mi primer amor y mi primera obligación son para mi iglesia. Sí, para esta iglesia dónde estoy creciendo y fortaleciéndome espiritualmente. Para mi pastor que vela por mi alma y me prodiga su cuidado pastoral. Para éstos, mis hermanos, que participan conmigo de la comunión con Dios.
Es mi deber atender primeramente las necesidades de mi iglesia. Cuando mi iglesia tiene un servicio, yo no puedo dejarla e irme para otra iglesia pues ella requiere mi presencia. Yo no puedo ser candil de las demás iglesias y oscuridad de la mía” (p.394).

Pues bien, nosotros hemos llegado, en el Salmo 119, a la sesión que pudiéramos llamar: Lealtad y firmeza. Porque aunque existen muchas religiones en este mundo con sus libros sagrados, sus dioses y sus sacerdotes, nosotros hemos resuelto ser leales al SEÑOR  y a su Palabra. Y por ello, nuestro mensaje  debe ser parecido al del profeta Elías en el Monte Carmelo, frente al pueblo de Israel y a su desleal rey Acab en sus coqueteos con el dios Baal: “Elías se paró frente a ellos y dijo: “¿Hasta cuándo seguirán indecisos, titubeando entre dos opiniones? Si el SEÑOR es Dios, ¡síganlo! Pero si Baal es el verdadero Dios, ¡entonces síganlo a él!”. Sin embargo, la gente se mantenía en absoluto silencio” (1 Reyes 18:21 NTV). Es verdad que vivimos una hora difícil para la humanidad, algunos tienes sus lealtades divididas, la codicia ha llevado a muchos a postrarse frente a dioses extraños. Esta es la hora de la valentía espiritual y moral. No podemos ni debemos claudicar, y tampoco, mantenernos “en absoluto silencio”. No se trata de lanzarse a la calle en abierta protesta contra ellos, sino de mirar bien dentro de nosotros, pues a los que hemos experimentado las bendiciones de la Palabra de Dios, no podemos echarlas a un lado: Detesto a los que tienen divida su lealtades, pero amo tus enseñanzas” (v.113).
Lealtad y firmeza significa que decidimos, por nuestra propia voluntad, asumir las consecuencias de obedecer al SEÑOR y no a los demás seres humanos en sus desviaciones; nuestra intención es preferir ser leales a nuestro Dios a pesar de todo, y estar firmes en nuestra decisión de lealtad: “Tú eres mi refugio y mi escudo; tu palabra es la fuente de mi esperanza. Lárguense de mi vida, ustedes los de mente malvada, porque tengo la intención de obedecer los mandatos de mi Dios” (v.114,115); lealtad y firmeza, porque el SEÑOR  cumple sus Promesas: “¡SEÑOR, sostenme como prometiste para que viva! No permitas que se aplaste mi esperanza. Sostenme y seré rescatado; entonces meditaré continuamente en tus decretos” (vv.116, 117); lealtad y firmeza, significa que entendemos bien quiénes somos y hacia dónde vamos; no existen atajos para servirle a Dios, o lo hacemos con lealtad a Él y su Palabra o no lo hacemos; por otra parte, la obediencia a Dios siempre trae consigo el gozo del deber cumplido: “Pero has rechazado a todos los que se apartan de tus decretos, quienes no hacen más que engañarse a sí mismos. Desechas a los perversos de la tierra como si fueran desperdicios; ¡con razón me encanta obedecer tus leyes!”(vv.118,119); viendo que nuestro Dios, exige lealtad y firmeza, con temor reverente sirvámosle a Él, guiados e iluminados por su Santa Palabra: “Me estremezco por mi temor a ti; quedo en temor reverente ante tus ordenanzas” (v.120). Así que, ¡mi Dios y mi Biblia ante todo!

Oración:
Amado SEÑOR, que ante todo yo pueda ser fiel a ti y fiel a tu Palabra. En el nombre de JESÚS. Amén.

Perla de hoy:
Servimos a Dios y a su Palabra al mostrar firmeza y lealtad a Él y a los demás.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




lunes, 28 de noviembre de 2011

Lámpara y luz

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119: 105-112

Tu palabra es una lámpara que guía mis pies y una luz para mi camino. Salmo 119:105 (NTV)

Dios ilumina con su Palabra a aquellos que están dispuestos a escucharla con el corazón, para dejarse guiar por ella hasta el hogar eterno.

Un pastor inglés de esos años en que no había luz eléctrica, ni linternas de batería, relató la siguiente experiencia: “Después de haber andado dos millas para visitar un vecindario en el que pocos podían  leer, con el objetivo de pasar una velada leyendo a un grupo que estaba reunido para escuchar, y estando ya a punto de regresar por una senda estrecha a través del bosque, en el que el camino se bifurcaba varias veces, se me proveyó de una antorcha de tea. Objeté que era demasiado pequeña, pues pesaba menos de media libra. “Le llegará hasta su casa”, contestó mi huésped. Le dije: “El viento la apagará”, y él me respondió: “Estará encendida hasta que llegue a su casa” “Pero, ¿si llueve?”, dije. Él replicó: “Le iluminará hasta su casa”, y a pesar de mis temores, tuve luz abundante en el camino hasta casa y me proporcionó una ilustración apropiada, creo, de la forma en que nuestros corazones indecisos podrían ser guiados por la “senda estrecha”. Si aceptáramos la Biblia como nuestro guía, sería una lámpara para nuestros pies, que iluminaría nuestro camino al cielo. Uno me dijo que tenía cinco objeciones a la Biblia. Le contesté que si la tomaba como lámpara a sus pies “le iluminaría hasta llegar a casa.” Otro me dijo que hallaba dos faltas en la Biblia, y le contesté con las palabras de mi amigo que me proveyó la antorcha: “Te iluminará hasta llegar a casa”.
El salmista, en esta estrofa de su inmortal himno a la Palabra de Dios, comienza con la afirmación:Tu palabra es una lámpara que guía mis pies y una luz para mi camino” (v.105). Por cierto, este es uno de los versículos más famosos de toda la Biblia, pues, en realidad la naturaleza de la Biblia es ser lámpara y luz. La Biblia hace brotar todo lo que el ser humano necesita para ser luz que ilumine a otros, como lo dice el Apóstol: “Pues antes ustedes estaban llenos de oscuridad, pero ahora tienen la luz que proviene del Señor. Por lo tanto, ¡vivan como gente de luz!” (Efesios 5:8 NTV). Hace algunos años, un joven cristiano nacido de nuevo y muy evangelizador me contó que estaba cursando su último año en la universidad, pero que estaba a punto de renunciar, porque ya le era insoportable vivir entre las burlas de sus demás compañeros. Lo miré. Puse mis manos sobre sus hombros, y le dije: “No conozco tu entorno, pero conozco a la Palabra que tú y yo anunciamos. Dios te puso allí para que seas luz en ese lugar oscuro, ¡brilla para la gloria de Dios! Lo encontré hace poco, y me dijo, “ese comentario que usted hizo, me ayudo más de lo que se imagina, porque me recordó la razón y el propósito de mi vida: ¡Ser luz a los demás, y eso soy!”.
¿Por qué no ser luz y lámpara llenos de la Palabra de Dios por donde vayamos, y en medio de nuestros círculos de influencia que tenemos? Sí en efecto, esta Palabra es luz para nuestros ojos, para así no perder el hermoso panorama de la vida cristiana, pero también buen asidero para poner nuestros pies, y saber por dónde debemos ir con ellos, y los lugares a evitar mientras caminamos a la seguridad de nuestro verdadero hogar. De esta manera, nuestra resolución de servir al SEÑOR no es una moda, sino es para siempre: “Lo prometí una vez y volveré a prometerlo: obedeceré tus justas ordenanzas” (v.106); también sus promesas nos sostendrán, en medio de nuestros sufrimientos en el sendero; el SEÑOR, renovará nuestras fuerzas a través de su Palabra: “He sufrido mucho, oh SEÑOR; restaura mi vida, como lo prometiste” (v.107); nuestro andar cotidiano puede producirnos amargura y escoger el camino de destruir en vez de edificar, pero basado en la Palabra, haremos que la alabanza a Dios y el respeto a los demás sea una de los grandes rasgos de nuestra personalidad: “SEÑOR, acepta mi ofrenda de alabanza y enséñame tus ordenanzas” (V.108); con la Palabra como nuestra luz y lámpara podemos hacer frente a todos los peligros que nos asechan: “Mi vida pende de un hilo constantemente, pero no dejaré de obedecer tus enseñanzas. Los malvados me han tendido sus trampas, pero no me apartaré de tus mandamientos” (vv.109,110); la Palabra como nuestra luz y lámpara es el fundamento de nuestros valores para obedecerlos, y andar en esta vida hasta el triunfo final en el cielo: “Tus leyes son mi tesoro; son el deleite de mi corazón.
Estoy decidido a obedecer tus decretos hasta el final” (vv.111, 112) Por todo esto, la Biblia es lámpara y luz.

Oración:
SEÑOR, dame la oportunidad de ser en un mundo lleno de tinieblas, un reflejo de tu Palabra: Lámpara y luz. En el nombre de JESÚS. Amén.

Perla de hoy:
Nuestro testimonio de JESUCRISTO es lámpara y luz en un mundo de tinieblas. ¡Brilla!

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




viernes, 25 de noviembre de 2011

Fuente de la verdadera sabiduría

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:97-104

Tus mandatos me hacen más sabio que mis enemigos, pues me guían constantemente. Salmo 119:98 (NTV)

La sabiduría no es algo que poseemos, sino Alguien, que por medio de la Palabra de Dios llena nuestra mente, gobierna nuestro corazón, endulza y guía nuestra vida y vive en nosotros en el poder del Espíritu Santo: JESUCRISTO.

Permítanme comenzar con una experiencia muy personal de cómo la Biblia llegó a mis manos. Era un jueves santo del año 1963, tenía 17 años y era un fotógrafo profesional. Toda mi familia se había ido a pasar aquellos días de asueto a las playas cercanas a la ciudad de Caracas, yo había decidido quedarme solo porque entre otros motivos, mi hermano mayor, José, había muerto hacían seis meses y pienso ahora, quise guardarle luto. Aquella mañana puse la radio; había música clásica en todas las emisoras. Siempre he amado los libros, y en una pequeña biblioteca que estaba en el comedor, Dios me llevó a poner los ojos en una Biblia Reina Valera de 1909, que estaba entre los libros, la tomé en mis manos, me senté, y fui al Evangelio de San Juan; lo leí todo. No era la primera vez que yo oía de la Biblia, ni tampoco la historia sobre la “vida, pasión y muerte de JESÚS”, pero sí era la primera vez que me detenía leyéndola e intentaba interpretarla, bajo la pequeña luz de un entendimiento meramente humano. De repente, en la tarde, en la platabanda de la casa, frente al majestuoso cerro “El Ávila”,  volviendo a leer a San Juan, me detuve en el capítulo 17, versículo 20 que dice: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Reina Valera Antigua), en aquella hora recibí la iluminación de la sabiduría verdadera, me conmoví hasta las lágrimas al pensar en el hecho de que JESÚS había vivido, sufrido y muerto por mí, así que leí el versículo incluyéndome en él: “Mas no ruego solamente por estos, sino por Francisco Aular, que ha de creer en mí por la palabra de ellos”… ¡Sí, era cierto!, Juan, el apóstol amado había escrito aquel testimonio que yo estaba leyendo. Conmovido, me arrodillé en la platabanda de mi casa, y oré al SEÑOR Autor de la Palabra de Dios, quien había bajado del cielo para buscarme y salvarme. Me di cuenta de que yo no era un accidente en este mundo, Dios en su Plan eterno, me llamaba a integrarme a su familia (Efesios 1:5), por medio del arrepentimiento de mis pecados y la fe en JESÚS, el Mediador entre Dios y nosotros (1 Timoteo 2:5). Aquella experiencia sencilla de fe me condujo a buscar una iglesia que creyera en la Biblia como yo había creído, y la encontré: La Misión Bautista Emanuel de Chacaíto, hoy en día, la preciosa Iglesia Bautista Emanuel de la Castellana. ¡Gloria a Dios!
Todavía recuerdo cuando mi familia llegó de la playa, le pregunté al esposo de mi prima, Miguel Romero, quién le había regalado aquella Biblia, y en tono de burla me dijo: “Un loco evangélico que trabajó conmigo”, y al momento de escribir esto, se me nublan los ojos por las lágrimas y grito con todas las fuerzas de mi ser: ¡Bendito loco evangélico!, si supieras que aquella Biblia no era para él, sino para mí. ¡Ah, si supieras también lo que Dios ha hecho, hace y hará con aquella vieja Biblia que todavía obra en mí! ¡Aleluya para siempre! gracias SEÑOR.
El precioso poema del Salmo 119 es un acróstico que comienza cada estrofa de ocho versículos con cada una de las letras del alfabeto hebreo. La estrofa que consideraremos hoy, la podemos titular: La fuente de la verdadera sabiduría. Aquí el salmista canta un himno de gozo y alabanzas al SEÑOR por su Palabra. Gracias a esta Palabra viva mis pensamientos se elevan: ¡Oh, cuánto amo tus enseñanzas! Pienso en ellas todo el día” (v.97); gracias a esta Palabra viva, mi sabiduría, mi correcto proceder en esta vida en todas las esferas de mi personalidad, puedo mostrar los rasgos de quién soy, de dónde vine y adónde voy, y con humildad llena de gratitud al SEÑOR, puedo decir “así es, tengo mejor percepción que mis maestros, porque siempre pienso en tus leyes. Hasta soy más sabio que los ancianos, porque he obedecido tus mandamientos” (v.99, 100); gracias a esta Palabra viva que está activa en mí, tengo fuerzas para vivir a la altura del sendero que Dios me ha trazado: “Me negué a andar por cualquier mal camino, a fin de permanecer obediente a tu palabra. No me he apartado de tus ordenanzas, porque me has enseñado bien” (vv.101,102); Porque la Palabra de Dios está viva y activa en mí, sé que vivo y moriré en un mundo injusto; el mundo vive horas inciertas, y los que hemos vivido más, no vemos esperanza en él, frente a esta realidad, mi temperamento ante tanta injusticia puede volverse cínico, arrogante o amargado; pero yo he resuelto mostrar el carácter de mi amado SEÑOR Y SALVADOR, y con éste propósito, grito lleno de fe como el salmista: ¡Qué dulce son a mi paladar tus palabras!, son más dulces que la miel. Tus mandamientos me dan entendimiento, ¡con razón detesto cada camino falso de la vida! (vv. 103,104). Ciertamente, ¡la Biblia es la fuente de la sabiduría verdadera!

Oración:
SEÑOR, hoy repito la oración de la serenidad:”Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas  que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia”. En el nombre de JESÚS. Amén

Perla de hoy:
La Sabiduría no es algo que poseemos, sino Alguien que vive en nosotros en el poder del Espíritu Santo: JESUCRISTO.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?




jueves, 24 de noviembre de 2011

Fe y triunfo



Mis amados que viven en los Estados Unidos, sé que después de Navidad, no existe otro día más familiar que el Día de Acción de Gracias en toda esa nación. Por lo tanto, me uno a ese sentimiento familiar y con un fuerte abrazo les digo: ¡Feliz Día de Acción de Gracias!

Francisco Aular

Lectura devocional: Salmo 119:89-96

Tu eterna palabra, oh SEÑOR, se mantiene firme en el cielo. Salmo 119:89 (NTV)

¿Cuál es el éxito de la Biblia? Se fundamenta en que sus promesas participan de las mismas cualidades de su Autor, por lo tanto, al hacerla nuestra norma de vida por fe, nos espera el triunfo.

Dios es eterno y no cambia: “Yo soy el SEÑOR y no cambio” (Malaquías 3:6); el Nuevo Testamento nos dice la misma verdad: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Por otro lado, nosotros los seres humanos vivimos en un mundo que, como nosotros está en constante cambio, y yo, en este país en donde vivo, lo aprecio en las estaciones del año. Las montañas se coronan de nieve en invierno que se marcha en el verano convirtiéndose en manantiales; los ríos y lagos se congelan desde diciembre a febrero, de tal manera que un vehículo pueda andar sobre ellos sin hundirse, pero se convierten en aguas cristalinas para nadar en el verano; la nieve que se desprende del cielo a finales de diciembre, llenando todo de una “blanca Navidad” se convierte en lluvia y poderosos truenos en la primavera y en el verano; los árboles que lucen muertos y secos en invierno, en primavera resucitan, y en el verano, sus flores y polen inician un nuevo siclo de la vida vegetal, y después, en el otoño, nos ofrecen un espectáculo al ver sus hojas vestirse de colores, luego, nos dicen un adiós sentimental al morir y desprenderse. Sin embargo, la Palabra de Dios no cambia: “Tu eterna palabra, oh SEÑOR, se mantiene firme en el cielo” (v.89). ¡Sí, la Biblia es inmutable como los cielos! Si creemos a la Biblia, y la hacemos nuestra única norma de fe y práctica, entonces, nos llenamos de optimismo porque el triunfo nos espera.
Pues bien, Dios es fiel, y tarde o temprano cumplirá sus promesas hechas en la Biblia: “Tu fidelidad se extiende a cada generación, y perdura igual que la tierra que creaste” (v.90). En comparación con la inmutabilidad y lo eterno de Dios soy frágil y voy de paso por este mundo, pero, de los años que he vivido guiado por la Palabra de Dios, puedo decir con toda sinceridad: ¡Dios es fiel y cumple lo que promete!, por ello, como cantábamos en nuestra pequeña congregación en los años de mis primeros pasos en la fe: “/Todas las promesas del Señor Jesús, son apoyo poderoso de mi fe/; /mientras viva aquí cercado de su luz, siempre en sus promesas confiaré/”. Lo más grande de todo es que después de mi salida de este mundo, ¡la fidelidad que Dios por su gracia ha tenido conmigo, la tendrá con mis descendientes!: “Nuestros hijos y nuestros nietos estarán a tu servicio, como lo estamos nosotros, y vivirán contigo para siempre” (Salmo 102:28 La Biblia en lenguaje actual).
Igualmente, la fidelidad y la verdad de Dios son los fundamentos de su Palabra: “Tus ordenanzas siguen siendo verdad hasta el día de hoy, porque todo está al servicio de tus planes. Si tus enseñanzas no me hubieran sostenido con alegría, ya habría muerto en mi sufrimiento” (vv.91,92); por lo tanto, si la Biblia y sus verdades las hacemos nuestras por la fe, podemos esperar el triunfo: “Jamás olvidaré tus mandamientos, pues por medio de ellos me diste vida. Soy tuyo, ¡rescátame!, porque me he esforzado mucho en obedecer tus mandamientos” (vv. 93 y 94).
Por otra parte, en este mundo la perfección como tal, que pueda satisfacer las demandas de nuestro Dios que es perfecto, justo y santo, tienen su limitación, y por ello, necesitamos una fuente de nuestra creencia que tenga firmeza, en la cual podamos apoyar nuestra fe, y que vaya mucho más allá de nuestras buenas intenciones humanas, porque por muy santos y perfectos que nos creamos, necesitamos una guía perfecta y santa como nuestro Dios. Ese fundamento, esa guía perfecta sobre la cual poner toda nuestra fe y esperar el triunfo final, ¡es la Biblia!, la bendita Palabra de Dios: “Aun la perfección tiene sus límites, pero tus mandatos no tienen límite” (v.96). 
 
Oración:
SEÑOR, creó en ti cuando el sol brilla, pero también creo en ti en medio de las tinieblas de la vida, porque sé que enviarás un rayo de esperanza. Ayúdame a perseverar en medio de la prueba, y con ello ser la esperanza contagiosa de los otros. En el nombre de JESÚS. Amén.
Perla de hoy:

¿Cuál es el éxito de la Biblia? Se fundamenta en que sus promesas participan de las mismas cualidades de su Autor, por lo tanto, al hacerla nuestra norma de vida por fe, nos espera el triunfo.

Interacción:
¿Qué me dice Dios hoy por medio de su Palabra?
¿Existe una promesa a la cual pueda aferrarme?
¿Existe una lección por aprender?
¿Existe una bendición para disfrutar?
¿Existe un mandamiento por obedecer?
¿Existe un pecado por evitar?
¿Existe un nuevo pensamiento para llevarlo conmigo?