“¡SEÑOR eres mío!” Qué gran misterio para el poeta del Antiguo Testamento al escribir este Salmo 119: ¡El DIOS grande y glorioso es suyo! Pero en la revelación del Nuevo Testamento se devela todo ese misterio, ese secreto de DIOS se convierte en realidad, y por eso, los Apóstoles aprendieron a decirle a JESÚS: “¡SEÑOR mío y Dios mío!” —Juan 20:28 (RV60). Mayúsculas mías); y nosotros, una vez que proclamemos a JESÚS como nuestro SEÑOR y SALVADOR, podemos decirles con sinceridad: “Prometo obedecer tus palabras”, pero sin fe, obediencia y fidelidad a la Palabra de DIOS no existe conversión a Él, ni tampoco progreso en la vida espiritual.
Está bien claro para todo cristiano nacido de nuevo esta verdad: Por obediencia venimos a conocer a JESÚS por el arrepentimiento de nuestros pecados y por haber confiado únicamente en Él para nuestra salvación eterna; y por la fe, la obediencia y fidelidad a su Palabra permaneceremos en Él: “Por lo tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en Él” —Colosenses 2:6 (RV60).
“¡SEÑOR eres mío!”, aunque los enemigos del cristiano nacido de nuevo: el mundo, la carne y el demonio, vengan a ofrecerme con sus tentaciones, una vida mejor, les diré, no porque: “¡SEÑOR eres mío!”, y sin en esta lucha flaqueare, no dejaré que lo dicho por el apóstol Pedro se aplique a mí: “Les hubiera sido mejor nunca haber conocido el camino a la justicia, en lugar de conocerlo y luego rechazar el mandato que se les dio de vivir una vida santa. Demuestran qué tan cierto es el proverbio que dice: «Un perro vuelve a su vómito» Y otro que dice: «Un cerdo recién lavado vuelve a revolcarse en el lodo” (2 Pedro 2:21,22). ¡No! Yo poseo una nueva naturaleza, por lo tanto, digo como el salmista: “Consideré el rumbo de mi vida y decidí volver a tus leyes. Me apresuraré sin demora a obedecer tus mandatos. Gente malvada trata de arrastrarme al pecado, pero estoy firmemente anclado a tus enseñanzas” (vv.59-61).
“¡SEÑOR eres mío!”, y por lo tanto medito en tu Palabra y una oración de gratitud y acción de gracias surge del corazón a mis labios, y allí, en mi habitación, te busco aun a medianoche y encuentro una bendición especial en mi vida devocional, y como bien lo recomendó y practicó el mismo SEÑOR JESÚS: “Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará”. —Mateo 6:6 (NVI); el salmista siente y practica, ¡la oración secreta!, esta es la oración que requiere invertir todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo: “Me levanto a medianoche para agradecerte por tus justas ordenanzas” (v.62).
“¡SEÑOR eres mío!”, ¡qué hermosa actitud la del corazón del salmista! Ciertamente ama a DIOS, pero también a los hermanos en la fe, como dijo Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. Todo el que odia a su hermano es un asesino, y ustedes saben que en ningún asesino permanece la vida eterna. En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos” —1 de Juan 3:13-16 (NVI).
Llegamos al final con esta pregunta: ¿Amas la iglesia como JESÚS la ama? No puedes vivir la verdadera fe en forma solitaria: “Soy amigo de todo el que te teme, de todo el que obedece tus mandamientos. Oh SEÑOR, tu amor inagotable llena la tierra; enséñame tus decretos” (vv.63,64). Por estas cosas: “¡SEÑOR eres mío!”.
¡Adelante, siempre adelante!